Los misterios de la cerveza.

2 de junio de 2020

Lev Jardón Barbolla

Desde hace una semana regresó el tianguis a Santa Úrsula, pero fue hasta hoy que el número de puestos se acercó al normal. Los tianguistas hacían recuentos, unos de sus muertos -recuentos que no figurarán en las cifras oficiales pues muchos no fueron ni siquiera recibidos en un hospital-, otros de la situación en la central de abastos y otros más de la panoplia de artilugios para la prevención del contagio del SARS-Cov2. El mejor de estos últimos es la cachucha con careta de plástico abatible, incluida con un ingenioso sistema de broches; había quizá decenas de puestos que las vendían, tanto a las mujeres y hombres de los puestos, como a la clientela.

En el camino de regreso, una estampa me llamo la atención. De un camión de la cervecería Modelo, tres trabajadores descargaban afanosamente cajas de cerveza. Un transeúnte, entre tantos que miraban con admiración y esperanza la llegada de la buena nueva de la fermentación alcohólica, de acercó y prácticamente suspirando   se dirgió a un cargador al que aparentemente ya conocía “¿o sea que ya van a volver a venir a repartir?, ¡Ya vamos a tener caguamas!”, Mientras otros mirones a su lado celebraban… Ojalá que el personal médico le merezca un día a la concurrencia la misma devoción. Digo a la concurrencia de la calle, porque está visto que a los gobiernos, les importa poco si los médicos tienen el material para hacer su trabajo sin contagiarse de COVID-19.

Caminé un poco y me quedé pensando varias cosas. La primera, que el vecino estaba muy mal informado, porque es bien sabida la existencia de una tienda que incluso en los fines de semana de ley seca, no ha dejado de vender cervezas a los beodos de la cuadra. Éstos, desde que empezó la pandemia han extendido con mucho profesionalismo sus tertulias en la esquina a un régimen de miércoles a domingo, en lugar de la simple borrachera de viernes.

Pero luego pasé de analizar el consumo al  eterno problema de la producción. Se supone de que hasta ayer 1 de junio estaba paralizada la producción nacional de cervezas, como parte de la “sana distancia” frente a la pandemia, y que justo ayer se reinicio está actividad, junto a otros asuntos “esenciales” como el saqueo de minerales por el capital transnacional y la destrucción de la naturaleza para llevar edificar desde armatostes que dicen ser torres de departamentos hasta aeropuertos o trenes. Claro, no se puede olvidar la otra actividad esencial, la de fabricar autopartes y piezas para la industria armamentista del imperio del norte. El show debe continuar y si no hay show, al menos la acumulación de capital.

No soy experto en Saccharomyces cerevisiae (la levadura que fermenta la cerveza, el vino y el pan), pero aquí hay lago raro. Resulta que se supone que apenas 36 horas después de ”reiniciada” la producción ya hay cerveza embotellada en la puerta de la tiendita. ¿A qué hora se malteó la cebada? ¿A qué hora se fermentó? ¿Que hora se gasificó? ¿A qué hora de embotelló? Tal vez alguien del clan de Mariasun o de los señores de Heineken sepa la respuesta al primer misterio….

La hipótesis más obvia puede estribar en las retención del producto. Durante dos meses los jeques del cartel cervecero Heineken-ABI-InBev retuvieron el producto (nadie les prohibió distribuir), generaron desabasto artificial, ellos mismos abastecieron por abajo del agua al mercado negro con cajas de cerevza, se vendieron carísimas y se forraron, oooootra vez, de billetes. 

Otra opción, un grado más paranoica, es que en realidad las fábricas nunca pararon, y viendo cómo se ha manejado la política respecto a las maquiladoras de la frontera que, no conformes con explotarlas, han seguido exponiendo a sus empleadas al contagio, uno tiene razones para pensarlo… Pero, ¿Por qué habría de ser uno más paranoico que eso?…

Por el segundo misterio de la cerveza. La producción de cervezas en México crece y crece todos los años. Para hacer 1 litro cerveza se necesitan entre 200 y 300 gramos de cebada y unos 10 litros de agua. Pues bien, con las oscilaciones normales del caso, en promedio, si usted toma toda, repito TODA la producción de cebada en México (lo cual supone que ni un gramo se usa para hacer pan, o para darle de comer a un caballo), está no alcanza sino para fabricar la tercera parte de los 120 millones de hectolitros de cerveza que se hicieron en 2018.

Un paréntesis sobre el agua. Grupo Modelo afirma que sólo ocupan 3.7 litros de agua por cada litro de chela, pero esa cuenta sólo habla de la etapa final de la producción. Si se cuenta el agua necesaria para el riego de los cultivos de cebada, se llega la friolera de 160 litros de agua gastada por litro de cerveza; 12 000 000 000 de litros de cerveza x 160 litros de agua… son muchos litros, y luego no faltará el idiota que afirme que escasez de agua en Iztpalapa es por el crecimiento demográfico.

Pero volvamos sobre el misterio de la cebada, simplemente no alcanza para producir 120 millones de hectolitros. Claro, dirá usted, para eso se importa cebada. Pero el volumen total de importación de cebada solo explica otros 40-45 millones de hectolitros (y de nuevo, ni un granito debe usarse como forraje ni como harina para que está ecuación se pueda sostener). Siguen produciéndose entre 35 y 40 millones de hectolitros más de los que deberían poderse fabricar… ¿Que a lo mejor le echan maíz a la cerveza? Bueno, puede ser, pero si ese es el caso, vale la pena recordar que el maíz es un bien escaso en México. Desde hace años batallamos para hacer las tortillas e importamos el 40% del consumo nacional, y ese maíz que importamos casi seguro trae residuos de glifosato o peor aún del herbicida 2,4D. Así que invocar al maíz en este caso no es precisamente tranquilizante desde el punto de vista ontológico.

No quisiera amargarle el trago (para eso está, suponiendo que lo tiene, el lúpulo), menos después del desabasto. Pero esa cerveza misteriosa que se fermenta, embotella y distribuye en 36 horas y se fabrica con tan poco cebada… ¿De que estará hecha realmente?…

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